
Arnaud Elissalde
Cada año, el 19 de agosto, la fotografía se celebra en el mundo entero. Sin embargo, esta fecha no tiene nada de anodino. Nos lleva a París, en 1839, a un momento en que una invención todavía misteriosa va a ser revelada al público y a cambiar duraderamente nuestra manera de mirar el mundo.
Para comprender por qué el 19 de agosto se convirtió en el Día Mundial de la Fotografía, hay que remontarse a esa jornada particular en la que el secreto del daguerrotipo se desvela oficialmente.
La fotografía ya existe. Desde los años 1820, Nicéphore Niépce trata de fijar las imágenes producidas por la luz y realiza las primeras imágenes fotográficas conservadas. Pero su procedimiento sigue siendo complejo y aún difícil de explotar. Su encuentro con Louis Daguerre dará una nueva dimensión a sus investigaciones.
Nicéphore Niépce, Punto de vista desde la ventana en Le Gras (hacia 1826-1827): la fotografía más antigua que se conserva. Dominio público.De Niépce à Daguerre
Cuando Niépce y Daguerre empiezan a trabajar juntos en 1829, persiguen un mismo sueño: lograr fijar de forma duradera las imágenes que la luz forma ante el objetivo.
Sus investigaciones son distintas pero complementarias. Niépce ya ha conseguido obtener imágenes gracias a la heliografía. Daguerre, artista y hombre de espectáculo, se interesa desde hace tiempo por los efectos de la luz y busca también reproducir lo real con cada vez más precisión.
Tras la muerte de Niépce en 1833, Daguerre prosigue solo las investigaciones. Sus experiencias conducirán a un procedimiento más rápido y sobre todo mucho más preciso que los primeros métodos de Niépce.
Le da el nombre de daguerrotipo.
El principio es entonces revolucionario. Una placa de cobre recubierta de una fina capa de plata se sensibiliza a la luz. Tras la exposición y un tratamiento químico, una imagen extremadamente detallada aparece en su superficie. Por primera vez, resulta posible obtener representaciones del mundo con una precisión que supera todo lo que las técnicas de reproducción tradicionales permitían hasta entonces.
Pero Daguerre aún no ha revelado su invención al gran público.
Louis Daguerre, Boulevard du Temple (1838): uno de los primeros daguerrotipos, primera fotografía en mostrar a un ser humano. Dominio público.
El momento llega en París, el 19 de agosto de 1839.
Unos meses antes, el gobierno francés decidió adquirir los derechos ligados al procedimiento de Daguerre para hacerlo de libre uso. La invención no quedará, por tanto, reservada a Daguerre ni a unos pocos privilegiados: podrá ser utilizada por todos.
Ese día, François Arago presenta oficialmente el procedimiento ante la Academia de Ciencias y la Academia de Bellas Artes. Los detalles técnicos del daguerrotipo se desvelan y la invención de Daguerre se hace pública.
François Arago presenta el daguerrotipo ante la Academia de Ciencias, el 19 de agosto de 1839. Dominio público.
La escena es importante porque marca mucho más que una simple presentación científica.
Por primera vez, el mundo descubre concretamente la posibilidad de fijar una imagen producida directamente por la luz.
La fotografía sale entonces de los talleres y de los experimentos para entrar en el espacio público.
Es lo que explica el lugar particular del 19 de agosto en la historia de la fotografía.
La noticia se difunde rápidamente.
El daguerrotipo impresiona por la finura de sus imágenes. Los detalles que se pueden observar en una placa son de una precisión asombrosa para la época. Las primeras demostraciones despiertan la curiosidad de científicos, artistas, escritores y del gran público.
Muy pronto, algunos fotógrafos empiezan a experimentar con el procedimiento en distintas ciudades de Europa y de América.
Aparecen los primeros retratos. Se fotografían monumentos. Los paisajes urbanos se convierten en temas. Familias desean conservar la imagen de sus seres queridos.
Así, la fotografía empieza a abandonar el terreno de la experimentación para convertirse en una práctica.
Va a transformar progresivamente nuestra relación con el retrato, el paisaje y la memoria.
Antes de la fotografía, conservar la imagen de una persona exigía el trabajo de un pintor, un dibujante o un grabador. El retrato era una interpretación realizada por la mano de un artista y quedaba generalmente reservado a quienes podían financiar su realización.
La fotografía cambia profundamente esta relación con la imagen.
A partir de ahora, resulta posible conservar el rostro de una persona con una precisión hasta entonces desconocida. El retrato fotográfico ocupará rápidamente un lugar considerable en las familias.
Pero algo más profundo se juega también.
La fotografía permite retener un instante.
Da forma a algo que, por naturaleza, desaparece.
Quizá sea esta función la que explica por qué, casi dos siglos después, seguimos fotografiando con tanta fuerza.
Hoy, fotografiar se ha vuelto casi instintivo. Tenemos una cámara en el teléfono y podemos conservar una imagen en una fracción de segundo.
Sin embargo, nuestro gesto no es tan distinto del de los primeros fotógrafos.
Fotografiamos porque un instante atrae nuestra atención y tenemos ganas de retenerlo. Sabemos que la luz va a cambiar, que el paisaje ya no será exactamente el mismo, que las personas que nos rodean van a evolucionar y que ciertos momentos no volverán.
Una fotografía permite entonces conservar una huella.
No guarda realmente el momento. No puede registrar lo que hemos oído, sentido o pensado. Pero puede hacer que todo eso regrese cuando la miramos años después.
Es lo que explica la fuerza de las fotografías antiguas. Una imagen imperfecta puede volverse preciosa simplemente porque está ligada a una historia que no queremos perder.
Sin embargo, la fotografía no tardará en superar la esfera privada.
A medida que las técnicas avanzan, se convierte en una herramienta para documentar el mundo. Los fotógrafos empiezan a mostrar las ciudades, los monumentos, los paisajes y las transformaciones de su época. La fotografía entra progresivamente en los periódicos, en los libros, en las instituciones científicas y en las prácticas artísticas.
Se convierte en una manera de dar testimonio.
Una fotografía puede conservar la huella de un lugar que ya no existe. Puede mostrar un acontecimiento a quienes no lo vivieron. Puede hacer visible una realidad lejana y participar en la memoria colectiva.
Pero sigue siendo siempre el resultado de una mirada.
El fotógrafo elige dónde situarse, qué muestra y qué deja fuera de la imagen. Incluso cuando pretende documentar lo real, una fotografía es, por tanto, siempre una interpretación de este.
Esta cuestión se ha vuelto aún más importante hoy, en una época en que las imágenes pueden retocarse, transformarse y generarse mediante inteligencia artificial.
Resulta fascinante medir el camino recorrido desde el 19 de agosto de 1839.
El daguerrotipo exigía tiempo, productos químicos y una preparación minuciosa. La imagen era única y quedaba fijada directamente sobre una placa metálica.
Hoy, una fotografía puede realizarse al instante, almacenarse por miles y compartirse en el mundo entero en unos segundos.
La fotografía se ha vuelto tan simple y tan presente que a veces parece haber perdido el carácter excepcional que tenía en los inicios del daguerrotipo.
Y sin embargo, nuestra relación con la imagen se basa siempre en el mismo deseo.
Queremos conservar lo que pasa.
Queremos guardar la huella de una persona, de un lugar o de un momento.
Queremos poder mirar mañana lo que hemos visto hoy.
Hoy producimos más imágenes que nunca. Pero esta abundancia plantea una nueva pregunta: ¿qué será de todas estas fotografías?
Algunas desaparecen en la memoria de un teléfono. Otras se comparten y luego se olvidan. Solo unas pocas atravesarán realmente el tiempo.
Esta situación se parece bastante, al fin y al cabo, a lo que ocurrió en los inicios de la fotografía. En cada época, la tecnología nos permite producir más imágenes, pero su verdadero valor aparece a menudo más tarde.
Una fotografía puede parecer insignificante cuando se toma y volverse esencial años después.
No siempre sabemos qué imágenes se convertirán en nuestros recuerdos.
El 19 de agosto no es, pues, solo una fecha elegida para rendir homenaje a la fotografía.
Es el recuerdo de una jornada en que una invención fue revelada al público y puesta al alcance del mundo.
Al presentar el daguerrotipo en 1839, Daguerre y Arago no sabían, evidentemente, en qué se convertiría la fotografía. No podían imaginar las cámaras analógicas, la fotografía en color, lo digital, el smartphone ni las imágenes generadas por inteligencia artificial.
Sin embargo, abrieron una puerta que nunca ha dejado de ensancharse.
La fotografía se ha convertido en un lenguaje universal. Permite contar nuestras vidas, documentar nuestra época y transmitir nuestra memoria.
A las puertas del bicentenario de la fotografía, el 19 de agosto nos ofrece, pues, una hermosa ocasión de mirar el camino recorrido.
Todo ha cambiado en torno a la fotografía, pero su gesto esencial sigue siendo asombrosamente simple.
Alguien mira.
Algo retiene su atención.
Entonces decide conservar esa imagen.
Quizá sea esto lo que une la primera mirada fotográfica de Niépce a los millones de imágenes realizadas hoy. Las técnicas han evolucionado, las cámaras se han vuelto casi invisibles y las imágenes están ahora por todas partes.
Pero el deseo permanece.
Detener un instante. Guardarlo. Y poder, un día, volver a mirarlo.
Quizá sea eso lo que celebramos verdaderamente cada 19 de agosto.
La fotografía no es solo la historia de una invención.
Es la historia de una mirada que aprendimos a conservar.
Porque el 19 de agosto de 1839, en París, François Arago presentó oficialmente el daguerrotipo ante la Academia de Ciencias y la Academia de Bellas Artes. El gobierno francés había adquirido los derechos para hacerlo de libre uso: la fotografía se volvía accesible a todos.
Nicéphore Niépce realiza ya en los años 1820 las primeras imágenes fotográficas conservadas, gracias a la heliografía. Louis Daguerre, con quien trabaja desde 1829, pone a punto tras la muerte de Niépce (1833) un procedimiento más rápido y preciso: el daguerrotipo.
Es el primer procedimiento fotográfico difundido públicamente. Una placa de cobre recubierta de una fina capa de plata se sensibiliza a la luz; tras la exposición y un tratamiento químico, aparece en su superficie una imagen muy detallada.
El 19 de agosto de 1839, con la presentación oficial del daguerrotipo. La fotografía sale entonces de los talleres y de los experimentos para entrar en el espacio público.
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Du daguerréotype aux évolutions contemporaines
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