
Collectif Argia
París, años 1950. Una calle cualquiera, una mañana de un día laborable. Un hombre camina con una barra de pan bajo el brazo, sin sospechar que un fotógrafo lo observa pacientemente desde la acera de enfrente. Ese fotógrafo lleva ahí un buen rato. Espera. Observa. No busca un acontecimiento, ni una luz dramática, ni un gesto heroico. Simplemente un gesto cotidiano.
Y, sin embargo, algo en esa foto dice: este hombre existe. Su vida merece ser mirada.
Eso es la fotografía humanista. Antes de cualquier definición, una convicción: el ser humano común merece estar en el centro de la imagen. Pone el acento en lo humano dentro de su día a día, con una mirada impregnada de empatía, dignidad y optimismo.
A menudo se presenta como una corriente francesa nacida en los años 30 y que alcanzó su madurez tras la Segunda Guerra Mundial. La definición es correcta, pero solo cuenta una parte de la historia. Porque lo que une a estos fotógrafos no es ante todo un estilo, una época o una geografía: es una intención. La de colocar al ser humano en el centro de la imagen, la de mirar la cotidianeidad con atención, la de reconocer la dignidad de cada existencia. Este es el hilo conductor que guía todo el monográfico. Comenzaremos por la corriente francesa, aquella a la que la historia dio el nombre de «fotografía humanista», antes de descubrir que esa misma mirada cruzó fronteras y continentes, tomando en otros lugares distintas formas, nombres e historias. Un enfoque deliberadamente sintético y no exhaustivo: este artículo es la puerta de entrada, los siguientes entrarán en detalle.
Primer punto, que a menudo sorprende: los fotógrafos a los que llamamos «humanistas» nunca se definieron a sí mismos como tales. A diferencia de otros movimientos artísticos como el surrealismo, no hay manifiesto, ni programa, ni grupo constituido. Fue la historia del arte la que, a posteriori, nombró este periodo: el de un cierto número de fotógrafos franceses cuyas afinidades comunes se orientaban hacia la gente común, la calle, la cotidianeidad. Se conocían, exponían juntos y a veces trabajaban codo con codo, especialmente dentro de la agencia Rapho.
El marco es el siguiente: un movimiento francés, nacido en la década de 1930, que vivió su época dorada en la posguerra y llegó a su fin en los años 1960. Una corriente que pertenece hoy al patrimonio fotográfico.
Pero ¿qué queda realmente de ella? Esa es la pregunta que recorre este monográfico y a la que su último artículo intentará responder.
La fotografía humanista suele asociarse al blanco y negro, a las calles de París, a los rostros desgastados por el trabajo o radiantes de alegría sencilla. No es falso, pero es reduccionista. Porque lo que define a esta corriente no es una estética. Es una mirada.
La mirada del fotógrafo que ama al ser humano.
Sus temas de preferencia: la calle, el trabajo, la fiesta, la infancia, la vejez, los gestos cotidianos. Un beso robado, una partida de petanca, un niño que corre en el patio de un colegio. Instantes fugaces, captados al vuelo, «a la dantesca» o al instante, como en el título del libro de Henri Cartier-Bresson (Images à la sauvette). Esta intención se traduce concretamente en cuatro posturas (presentadas en forma de pequeños recuadros).
Construir una relación con su sujeto, aunque sea breve, aunque sea silenciosa. La empatía es una característica común de estos fotógrafos. Buscan reconocer al otro como persona, interesarse por su existencia, fotografiarlo con respeto en lugar de como un objeto o un símbolo.
Los humanistas fotografían la ligereza, la vida que se reanuda tras la guerra, pero también la pobreza, los bajos fondos, la noche. Simplemente, no denuncian: nada de miserabilismo, ningún discurso militante. La dignidad de un ser, nunca su vulnerabilidad como enfoque.
© Donation Willy Ronis, Ministère de la Culture (France), Médiathèque du patrimoine et de la photographie, difusión GrandPalaisRmn Photo
El instante decisivo no es improvisado, en el sentido de que el fotógrafo no llega por casualidad para disparar. Al contrario, es esperado, anticipado: es una búsqueda. Lo que no se premedita es el momento exacto en el que todo se alinea. No se trata de comprender antes de disparar, sino de estar ahí, abierto, listo para captar lo que sucede. Sin embargo, esta disponibilidad a la realidad no excluye toda puesta en escena: Robert Doisneau recurre a ella en ocasiones, cuando le permite expresar una verdad humana más que documentar un hecho. El beso del Hotel de Ville, realizado con dos jóvenes actores, es el ejemplo más famoso.
Cartier-Bresson esperaba durante horas a que los personajes adecuados entraran en su encuadre. Regresaba varias veces al mismo lugar para reencontrar la misma luz. La paciencia no es una limitación: es la condición para una mirada justa.
Por último, conviene evitar tres confusiones. La fotografía humanista se distingue de la fotografía social por su intención y su finalidad: mientras esta última busca denunciar una injusticia, documentar una realidad o alimentar un debate público, la primera puede mostrar la pobreza, el trabajo o las dificultades de la existencia sin reducirlos a una demostración. También se distingue del fotoperiodismo: no da cuenta de un acontecimiento, atestigua instantes de existencia. Finalmente, comparte con la street photography el gusto por la calle y lo imprevisto, pero sus enfoques no deben confundirse: la fotografía de calle contemporánea persigue a menudo una búsqueda más formal o más personal, mientras que la fotografía humanista hace del encuentro con el otro, y de su dignidad, el corazón de su mirada. Volveremos sobre estas distinciones en los siguientes artículos.
Los precursores, la época dorada, los herederos y el hoy.
El periodo francés abre el monográfico. Todo comienza en la década de 1930, con precursores que bajan a la calle a fotografiar a las clases populares y los pequeños oficios. Entre ellos, André Kertész aporta una mirada nueva sobre París, y Brassaï sirve de bisagra: su noche parisina, sus cafés y sus bajos fondos guardan aún relación con la fotografía social, pero en ellos la atmósfera cuenta ya tanto como el ser humano. Es más estético y menos consensual. Después llega la época dorada, 1945-1960: se sale de dos guerras, la fotografía se vuelve a centrar en lo humano como valor y el auge de las revistas ilustradas crea una gran demanda de reportajes. La corriente se apaga lentamente en el cambio hacia los años 1960.
© Donation André Kertész, Ministère de la Culture (France), Médiathèque du patrimoine et de la photographie, difusión GrandPalaisRmn Photo
En Estados Unidos, un poco antes, se desarrolla una corriente precursora: la fotografía social documental. Hacia 1905, Lewis Hine es uno de sus pioneros, con su denuncia del trabajo infantil. Más tarde, durante la Gran Depresión, llegan los fotógrafos de la Farm Security Administration: Dorothea Lange, Walker Evans, Arthur Rothstein, Gordon Parks. Conviene tener muy claro quién les paga: es el Estado federal estadounidense el que encarga estas imágenes, para documentar la pobreza y fundamentar sus reformas. Mientras que los franceses muestran sin denunciar, los estadounidenses documentan para promover reformas. Dos enfoques paralelos, dos intenciones profundamente diferentes.
© Lewis Hine, A little spinner in the Mollahan Mills, Newberry, S.C., 1908. Dominio público (fuente: Library of Congress, National Child Labor Committee Collection)
La reconstrucción produce en todas partes la misma necesidad de testimonio, en el mismo intervalo que en nuestro país, desde el final de la guerra hasta finales de los años 1960. Pero cada país responde a su manera, y ninguno se proclama «humanista». En Suiza, Werner Bischof recorre durante seis meses la Europa devastada ya desde el invierno de 1945: su retrato de un niño de Roermond, con el ojo arrancado por una trampa de guerra, ilustra la portada de la revista Du en mayo de 1946, bajo el título «Ayudad a los niños de Europa». En Italia, una corriente que nadie allí quiso nombrar, y que los fotógrafos llamaban «realismo lírico», desciende hacia el Sur y hacia los humildes. En Gran Bretaña, la prensa ilustrada no consuela: acusa y exige reformas. En los Países Bajos, la fotografía acaba de salir de la clandestinidad; la asociación que estructurará la posguerra nace en 1945 a partir de un grupo de resistentes que fotografiaban el invierno del hambre cuando el ocupante lo había prohibido. Y en España, bajo el franquismo, fotografiar honestamente a la gente es ya, en sí mismo, un acto político. Tantas miradas emparentadas con la corriente francesa. Nunca del todo la misma.
© Países Bajos, el invierno del hambre (Hongerwinter), 1944. Sin restricciones conocidas (fuente: Nationaal Archief / Spaarnestad Photo)
Entre la época dorada y nosotros, una generación de transición mantiene viva la llama. Sabine Weiss en primer lugar, gran figura de la corriente, cuya obra abarca una buena parte de la época dorada. Después Jean Dieuzaide, Marc Paygnard (padrino del Colectivo Argia), Édouard Boubat. Ellos prolongan esta mirada cuando la corriente, por su parte, ya se ha desvanecido. Este legado no es solo francés: en Estados Unidos, en 1958, Robert Frank publica The Americans, la mirada de un inmenso fotógrafo extranjero sobre todo un país, que transforma a su vez la manera de fotografiar al ser humano.
Hoy en día, la fotografía humanista pertenece al patrimonio fotográfico. El mundo que la vio nacer ha desaparecido, las prácticas han evolucionado profundamente y las imágenes ya no circulan de la misma manera. Sin embargo, su influencia perdura. Más que un estilo asociado a las calles del París de la posguerra, la fotografía humanista ha cambiado de forma duradera nuestra manera de mirar la realidad: ha afirmado que la existencia ordinaria, los gestes simples y las vidas anónimas podían convertirse en temas principales. Algunos de sus valores continúan estando presentes en la fotografía contemporánea: la atención dedicada al otro, la búsqueda de un encuentro, la voluntad de fotografiar con respeto y dignidad. Ya no adoptan necesariamente las mismas formas ni los mismos caminos, pero siguen presentes en autores que continúan situando al ser humano en el centro de su enfoque. Qué fotógrafos llevan hoy este legado, bajo qué formas y con qué intenciones: este es el objeto del último artículo de este monográfico.
© Arnaud Elissalde
© Pierre Le Forestier
¿Por qué un colectivo con sede en Hendaya dedica un monográfico entero a la fotografía humanista? No por nostalgia. No para hacer revivir una estética de los años 1950 en las orillas del Bidasoa. Y tampoco para presentarse como el heredero de una corriente que pertenece ya a la historia de la fotografía. Porque, en el fondo, lo que nos interesa de la fotografía humanista no es solo una época, un territorio o un estilo. Es una intención: una manera de mirar al otro, de considerar cada existencia como digna de atención, de buscar el encuentro más que la simple observación. Una intención que, nacida en un contexto particular, en la Francia de posguerra, ha cruzado desde entonces las fronteras y continúa inspirando a fotógrafos con prácticas muy diversas.
En este espíritu se enmarca el enfoque del colectivo Argia. Lo que compartimos con los fotógrafos humanistas no es un modelo que reproducir, sino valores que siguen siendo profundamente actuales: el respeto por las personas fotografiadas, la voluntad de situar al ser humano en el centro de la imagen sin aislarlo nunca de su entorno, de su territorio ni de su historia.
Esta atención dedicada al ser humano conecta con los fundamentos mismos de Argia: crear espacios de encuentro en torno a la fotografía, favorecer la transmisión de una mirada, compartir imágenes con quienes habitan un mismo mundo. Arraigado en Hendaya y en el País Vasco, el colectivo se construye en un territorio particular, pero con la voluntad de permanecer abierto a las miradas venidas de fuera.
El Festival de las Tres Coronas se inscribe en esta misma línea. No tiene como vocación celebrar una corriente congelada en el pasado, sino crear un diálogo entre las fotografías que han construido esta historia y los autores contemporáneos que, aún hoy, interrogan al mundo y sitúan al ser humano en el centro de su discurso. Un espacio de encuentro entre generaciones, territorios y las diferentes formas de mirar.
La fotografía humanista es una corriente que sitúa al ser humano común en el centro de la imagen, con empatía, dignidad y optimismo. No es fundamentalmente un estilo, sino una intención: mirar la cotidianidad y reconocer la dignidad de cada existencia.
Es un movimiento francés nacido en la década de 1930, que vivió su época dorada entre 1945 y 1960, tras la Segunda Guerra Mundial, antes de desvanecerse en el cambio hacia los años 1960.
Entre las figuras principales: Robert Doisneau, Willy Ronis, Henri Cartier-Bresson, Brassaï, André Kertész, Sabine Weiss, Édouard Boubat o Jean Dieuzaide. Muchos de ellos estaban vinculados a la agencia Rapho.
La fotografía social busca denunciar una injusticia o documentar una realidad para alimentar un debate. La fotografía humanista puede mostrar la pobreza o el trabajo, pero sin reducirlos a una demostración: da testimonio de instantes de existencia, con respeto.
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La mirada fotográfica, de ayer al año de aniversario 2027.
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